El avance de la Inteligencia Artificial en los últimos años, ha pasado de ser mero desarrollo de software a convertirse en una fuerza tectónica que promete reescribir las reglas de la economía global, o al menos así es como lo ve uno de sus más entusiastas impulsores, el CEO de OpenAI, Sam Altman. El pasado 6 de abril de 2026, la empresa tecnológica publicó un documento que no habla de redes neuronales ni de parámetros técnicos, sino de algo mucho más profundo y ambicioso; un manifiesto titulado: “Política Industrial para la Era de la Inteligencia: Ideas para mantener a las personas en primer lugar”.
En 13 páginas, se reconoce desde el mismo corazón de Silicon Valley, que el mercado por sí solo no podrá gestionar la transición hacia la “superinteligencia” (sistemas capaces de superar a los humanos más brillantes, incluso cuando estos son asistidos por IA).
Como es habitual en este espacio, mi lectura de este tipo de manifiestos está cubierta de un optimismo cauteloso, ya que a la vez que creo firmemente en el poder de la tecnología para dar saltos cualitativos en el desarrollo humano, observo con especial atención las brechas estructurales de territorios como el nuestro, donde la irrupción de las tecnologías se vive de manera mucho más brutal y donde el impacto del desplazamiento y rezago laboral puede costarnos mucho más caro.
Los dos pilares del manifiesto.
El documento de OpenAI plantea que, así como la Revolución Industrial requirió el “New Deal” y nuevas leyes laborales, la era de la IA requiere una política industrial ambiciosa. Sus propuestas se dividen en dos grandes ejes:
1. Construir una Economía Abierta
OpenAI advierte que la IA destruirá y creará empleos, pero que las ganancias podrían concentrarse en pocas manos (incluyendo las de ellos mismos). Para evitarlo proponen:
- El Derecho a la IA: Tratar el acceso a modelos fundacionales como una infraestructura básica, similar a la electricidad o el internet.
- Modernización de la Base Tributaria: Mover la carga impositiva desde el trabajo humano (impuestos a la renta/planillas) hacia el capital y las ganancias impulsadas por la IA.
- Fondo de Riqueza Pública: Crear fondos donde los ciudadanos compartan directamente los dividendos del crecimiento económico generado por la IA, independientemente de si invierten en la bolsa o no.
- Dividendos de Eficiencia: Traducir el ahorro de tiempo generado por la IA en semanas laborales más cortas (4 días) manteniendo los salarios, y en mejores beneficios (salud, cuidado).
- Economía del Cuidado: Reentrenar a los trabajadores desplazados hacia roles “centrados en el ser humano” (cuidado de ancianos, niños, salud comunitaria), subsidiando y mejorando los sueldos de estas áreas.
2. Construir una Sociedad Resiliente
- A medida que la IA se vuelve más poderosa, los riesgos (cibernéticos, biológicos, desalineación) crecen exponencialmente.
- Pila de Confianza (Trust Stack): Herramientas para verificar qué es IA y qué es humano (proveniencia) protegiendo la privacidad.
- Regímenes de Auditoría y Contención: Creación de instituciones públicas y privadas que auditen los modelos antes de salir al mercado, y “manuales de contención” por si un sistema se vuelve peligroso.
- Gobernanza Corporativa: Que las empresas de IA adopten estructuras orientadas al beneficio público y mecanismos de reporte de incidentes (incluso de “casi accidentes”).
¿Es aplicable este tipo de políticas en Chile?
Leer este documento desde la realidad local nos obliga a hacer un doble clic. Lo que en Estados Unidos suena a una modernización del Estado de Bienestar, en Chile choca con desafíos estructurales. Analicemos un par de puntos clave en comparativa.
1. Productividad y el “Dividendo de Eficiencia”
OpenAI sugiere que la IA permitirá trabajar 32 horas a la semana produciendo lo mismo o más. La realidad chilena nos muestra un panorama distinto. Según datos de la OCDE, Chile es uno de los países donde más horas se trabaja (cerca de 1.900 horas anuales), pero nuestra productividad laboral está estancada y se ubica muy por debajo del promedio de la organización. Tal vez aquí la apuesta de dar un salto en las Pymes con el uso de agentes de IA como estándar de la industria, nos permitan automatizar algunas de las tareas contables, de marketing o de logística, generando nuevos índices de productividad. Lo anterior contrasta tristemente con nuestros índices de informalidad laboral, cercanos al 27%. Un “dividendo de eficiencia” es invisible para el trabajador informal por cuenta propia. La política pública chilena deberá pensar entonces en cómo la IA formaliza y asiste a este sector, más allá del empleo formal.
2. Fondos de Riqueza Pública y la Matriz Tributaria
El documento sugiere gravar menos el trabajo y más al capital tecnológico, creando un Fondo de Riqueza Pública que pague dividendos a los ciudadanos. En Chile, la recaudación tributaria como porcentaje del PIB ronda el 21%, por debajo del promedio OCDE (34%). Nuestro debate tributario lleva años empantanado, con intentos infructuosos en la puesta en marcha de reformas tributarias, que sin apoyo de las cámaras, quedan reducidas a una sombra del proyecto inicial. Sin embargo, tenemos experiencia con fondos soberanos (como el Fondo de Estabilización Económica y Social, nutrido por el cobre y el litio). Así las cosas, ¿podría Chile estructurar su política de Data Centers y concesiones de energía renovable exigiendo no solo royalties tradicionales, sino una participación accionaria (o fondos ciudadanos) que se inyecten a un Fondo de Riqueza Soberano 2.0?
A diferencia de EE.UU., Chile no es dueño de la propiedad intelectual de la IA. Somos consumidores, usuarios, clientes. Por ende, no podemos gravar tan fácilmente las superganancias de las tecnológicas internacionales, a menos que actuemos en bloques multilaterales (como los impuestos digitales globales de la OCDE).
3. El Cuello de Botella Energético
OpenAI pide acelerar la expansión de la red eléctrica mediante alianzas público-privadas, ya que la IA demanda cantidades monumentales de energía. Aquí Chile tiene una ventaja comparativa global. Tenemos el desierto con mayor radiación solar del mundo y vientos excepcionales en el sur. Esto contrasta con nuestra infraestructura de transmisión. Se necesitan muchos años para aprobar proyectos debido a las tan necesarias regulaciones ambientales y una absolutamente evitable burocracia. Si queremos ser el punto verde de los Data Centers de IA que procesarán los datos del futuro, el Estado chileno deberá modernizar radicalmente su sistema de evaluación de impacto y construcción de líneas de alta tensión, asegurando que este consumo industrial no encarezca las cuentas de luz de las familias, como suele ocurrir.
4. La economía de cuidados como refugio.
En el manifiesto, se plantea absorber el desempleo tecnológico redirigiendo a las personas hacia la economía del cuidado, con énfasis en las infancias, la tercera edad y la salud mental. De acuerdo con las proyecciones, hacia 2050 un tercio de la población chilena será adulta mayor. Cuando comparto estos datos en clases con mapas demográficos dinámicos, mis estudiantes se sorprenden demasiado, dejando de manifiesto que el sistema de cuidados reviste una urgente revisión y priorización, ya que estos trabajos son actualmente los peor remunerados, altamente feminizados e invisibilizados, contribuyendo a brechas de injusticia laboral e insolvencias económicas y sociales. Si el Estado no interviene subsidiando y profesionalizando este sector, la transición será dolorosa (y también mi vejez).
Un nuevo pacto social de la mano de la IA
La industria de la IA está mostrando un nivel de madurez un poco mayor a la demostrada en sus inicios, conversando bajo un entendimiento de que la tecnología sin red de seguridad social termina en distopía social.
Como observador rezagado – en mi calidad de chileno, usuario y entusiasta de la IA y la tecnología en general-, mi apreciación se resume como la de un optimista y cauteloso. Optimista respecto a que herramientas como la IA en la salud pública pueden reducir listas de espera, predecir brotes de enfermedades y dar a nuestros científicos las herramientas para combatir el estrés hídrico de nuestra agricultura. La democratización de la inteligencia como un derecho social puede nivelar la cancha educativa como ninguna otra tecnología en la historia.
Sin embargo, soy cauteloso porque puesto en metáfora, digamos que la tecnología avanza en un ascensor, mientras la política y la regulación en Chile suben por la escalera. Rezagados en el sur del mundo, corremos el riesgo de ser meros adoptadores de las normas y usos pensados y decididos por el Norte Global.
Construir en Chile una institucionalidad capaz de absorber la IA, mediante un Estado ágil, que deje de debatir con categorías del siglo pasado y empiece a legislar para el siglo XXI: educación continua financiada por el Estado, digitalización profunda de las Pymes, un rediseño de nuestros fondos soberanos anclados en nuestra energía limpia, y una revalorización radical de los trabajos que nos hacen esencialmente humanos, avanzando en un real sistema social de cuidados.
La era de la inteligencia ya comenzó y depende de nosotros tener la audacia política de usarla para cerrar nuestras históricas heridas de desigualdad, o si dejaremos que estas se digitalicen, profundizándolas todavía más. Las urgencias de la nueva administración, de momento, corren en paralelo, con un enemigo invisible y poco demostrable, mientras la real emergencia corre frente a nosotros sin que nadie tome aviso de la oportunidad desperdiciada que significa cada día que enfrentamos sin políticas claras de digitalización y transformación digital en la industria y el Estado. Mientras tanto, los árboles no nos dejan ver el bosque.
Puedes leer el manifiesto en su idioma original aquí

Desarrollo websites desde los 15 años. Me apasiona el diseño gráfico y los desafíos expresados en algún lenguaje de programación. Me gusta leer, escribir y oír música. Disfruto de los regalos sencillos de la vida, con una mirada crítica y revisionista de absolutamente todo lo que me rodea. Dios es fiel.